Una reflexión sobre la transformación de internet
Existe un momento en la vida de toda cosa hermosa donde la belleza se desvanece. No de repente, sino lentamente, como si el propio tiempo consumiera su esencia desde adentro. Internet, aquella promesa de conexión genuina entre seres humanos, ha llegado a ese momento. Y lo más inquietante no es que hayamos destruido lo que construimos, sino que lo hemos convertido en algo casi irreconocible, algo que funciona perfectamente pero que ha perdido por completo su alma.
Recuerdo una internet diferente. Una internet donde las personas se conectaban para comunicarse, para compartir ideas incompletas que madurarían en las conversaciones subsecuentes. Donde los foros bullían de debates auténticos, donde los correos electrónicos tardaban horas en ser respondidos pero cuando lo eran, cada palabra había sido meditada. Una internet donde el silencio era aceptable, donde la velocidad no era obligatoria, y donde la humanidad primaba sobre la métrica.
Hoy, esa internet es prácticamente un mito. Ha sido reemplazada por algo que mantiene la forma pero ha perdido el contenido. Un teatro donde todos actuamos nuestro papel de expertos, influenciadores, emprendedores inspiracionales. Las redes sociales, que supuestamente nacieron para conectarnos, se han convertido en escenarios de una representación permanente donde la vida real ocurre fuera de pantalla, si es que aún existe.
La máscara digital: cuando la autenticidad se convierte en una estética
Según datos recientes de 2025:
El 54% de las publicaciones largas en LinkedIn son generadas completamente por inteligencia artificial.
Mientras lee este número, reflexione: ¿Qué significa? Significa que más de la mitad de lo que consideramos «la voz profesional» de millones de personas es, en realidad, el producto de algoritmos entrenados en patrones estadísticos. Significa que cuando abres tu red social profesional, la mayoría de lo que ve no es pensamiento humano, sino una simulación convincente de pensamiento humano.
Y aquí radica la verdadera tragedia: no podemos culpar únicamente a la tecnología. Los usuarios han elegido esto. Han optado por la eficiencia sobre la honestidad, por la viralidad sobre la veracidad, por parecer sobre ser. La IA ha simplemente facilitado lo que los humanos ya querían: un método para presentar la mejor versión de sí mismos sin la molestia de tener que ser esa versión.
Hace años, escribir una publicación en redes sociales requería una decisión consciente. Requería que filtrara sus pensamientos, que considerara si lo que decía era verdaderamente suyo. Hoy, puede generar docenas de publicaciones inspiradoras, cuidadosamente estructuradas, emocionalmente calibradas, sin escribir una sola palabra. Solo necesita indicarle a una máquina lo que desea parecer, y ella lo convierte en realidad.
Adam Mosseri, CEO de Instagram, lo expresó de manera desconcertante en enero de 2026: «La autenticidad se está volviendo infinitamente reproducible». Este es el epitafio de internet. No solo tenemos contenido falso, sino contenido falso tan convincente que es indistinguible de la autenticidad. Y cuando la autenticidad deja de ser un diferencial porque cualquiera con una herramienta de IA puede simularla, entonces se convierte en una estética más, un filtro más, otro engaño refinado.
El ecosistema del ruido y el silencio
Las redes sociales han sido diseñadas para amplificar. El algoritmo no busca la verdad, ni la profundidad, ni la reflexión meditada. Busca engagement. Y el engagement viene de la rabia, del miedo, de la indignación. Los estudios demuestran consistentemente que el contenido que genera emociones negativas se comparte exponencialmente más rápido que las noticias neutrales. Es un incentivo estructural hacia lo peor de nosotros mismos.
En esta atmósfera, la gente inteligente ha optado por el silencio. Los que tienen algo genuino que decir, los que han invertido años en desarrollar una perspectiva coherente sobre el mundo, observan desde la distancia cómo sus palabras son ahogadas por el ruido de los ignorantes amplificados. Y no es que los ignorantes sean más numerosos, sino que su voz es más conveniente para los algoritmos. Un tweet furioso genera más clics que un hilo reflexivo de cien palabras bien pensadas.
Existe una ecuación perversa operando en las redes: la coherencia es castigada, la simplificación es recompensada, la contradicción es ignorada. Usted puede escribir un análisis de tres mil palabras con matices, o puede escribir una sentencia escandalosa y esperar que amplíe la conversación. Las métricas siempre favorecen la segunda opción. Así que los pensadores se retiran, y lo que permanece es un paisaje desolador de proclamaciones vacías, donde todos son expertos en todo, donde la confianza supera ampliamente a la competencia, y donde se confunde la volubilidad con la sabiduría.
Desinformación como modelo de negocio
La presencia masiva de IA no solo ha afectado la autenticidad, también ha desestructurado completamente la verdad. Hoy es posible generar imágenes, vídeos, incluso artículos informativos enteros que son prácticamente imposibles de distinguir de la realidad. No estamos hablando de teorías conspirativas. En 2025, medios noticiosos legítimos publicaron imágenes de personajes históricos generadas por IA, sin contexto suficiente, contribuyendo a la «mierdificación» del ecosistema informativo.
El clickbait, que en su momento fue considerado una táctica dudosa pero comprensible, se ha convertido en la norma operativa. Ya no son solo pequeños portales sensacionalistas los que lo emplean. Medios respetables ahora exageran sistemáticamente las capacidades de la IA, afirmando que los chatbots pueden diagnosticar enfermedades (no pueden) o resolver problemas complejos (no pueden). Lo hacen porque exagerar genera clics, y clics es lo que importa en un modelo económico donde la atención convertida en publicidad es la única moneda que importa.
Y mientras esto ocurre, la gente común es castigada por la ignorancia que los mismos medios han cultivado. Cuando docenas de fuentes informan de manera sensacionalista sobre eventos, cuando la desinformación se mezcla con información legítima en el mismo feed, cuando es matemáticamente imposible verificar toda la información que consumimos en un día, entonces la confianza colapsa. No en la tecnología. En el sistema completo.
El juego de las apariencias profesionales
LinkedIn merece un párrafo especial porque representa de manera casi caricaturesca lo que hemos permitido que ocurra con el espacio profesional. Una plataforma que nació como herramienta práctica para encontrar trabajo se ha convertido en un teatro de lo absurdo donde los directivos publican fotos llorando sobre despidos, donde se venden «lecciones de liderazgo» extraídas de actividades mundanas, donde la vulnerabilidad es un producto empaquetado y monetizado.
El 49% de los profesionales cree que el contenido generado por IA funciona mejor que el contenido humano en LinkedIn.
Deje que eso cale. Sus compañeros de trabajo, sus jefes, las personas que aparentemente están compartiendo sus experiencias profesionales más auténticas, probablemente lo hayan hecho empleando herramientas que no tienen experiencias. Han delegado su voz a máquinas para parecer más interesantes.
Y el sistema se autoalimenta. Como más personas usan IA para generar contenido, el estándar de lo que «funciona» cambia. Para competir, también debe usar IA. Si no la usa, su contenido parece menos pulido, menos optimizado, menos relevante. Así, lentamente, la autenticidad se vuelve económicamente inviable.
Quien persista en escribir con su propia voz, en hacer su propio trabajo, descubrirá que es dejado atrás por quienes tercerizan su pensamiento en algoritmos.
La pantalla como escudo de la crueldad
Existe un aspecto de la transformación de internet que raramente se discute con la seriedad que merece: la forma en que la distancia digital ha liberado lo peor del comportamiento humano. Las personas que jamás dirían ciertas cosas cara a cara, que entenderían el daño inmediato si estuvieran físicamente presentes, lanzan sus críticas, insultos y ataques sin pensar. La pantalla es un escudo que permite la crueldad sin consecuencias.
Los comentarios son más tóxicos, los debates más estériles, los desacuerdos más irreconciliables. No porque internet haya atraído a gente malvada, sino porque la arquitectura de internet recompensa la agresividad. Un comentario reflexivo y educado recibe tres respuestas. Un comentario combativo recibe treinta. La proporción es brutal e inmutable.
Lo que es aún más inquietante es que hemos normalizado esto completamente. Los niños crecen en un ambiente donde el ataque es la respuesta estándar al desacuerdo. Donde la falta de empatía es un rasgo funcional, no un defecto. Un lugar donde puede despedirse de personas de sus vidas con un bloqueo, sin necesidad jamás de una conversación. Donde la comunicación ha sido reemplazada por monólogos dirigidos a cientos o miles de personas, pero sin dirigirse a nadie en particular.
La ironía del conocimiento accesible
Hace una década, los optimistas tecnológicos nos prometieron que internet democratizaría el acceso al conocimiento. Que cualquiera, en cualquier lugar, podría aprender cualquier cosa. Y técnicamente, es cierto. Pero lo que no anticiparon es que la abundancia de información crearía una abundancia de confianza infundada.
En un ecosistema donde el conocimiento es accesible para todos, aparentemente todos se sienten con derecho a proclamar conocimiento.
Hemos llegado a un punto donde la gente inteligente es silenciada por su propia honestidad. Alguien que ha pasado veinte años estudiando un campo tiende a ser cuidadoso en sus afirmaciones, consciente de lo que no sabe. Pero alguien que pasó quince minutos viendo videos en YouTube está seguro, es audaz, es amplificado. El algoritmo favorece la certeza sobre la duda, la simplicidad sobre la complejidad, la respuesta rápida sobre la reflexión meditada.
Y así, vemos cómo los verdaderos expertos son sepultados bajo el ruido de los Dunning-Kruger optimizados para viralidad. Las voces que podrían enseñarnos algo real son marginadas. Lo que permanece es una cacofonía de opiniones no calificadas, cada una convencida de su propia importancia, cada una con su propia plataforma para gritar al vacío.
Todo está gris no porque algo catastrófico haya ocurrido, sino porque lo hermoso ha sido gradualmente desaturado. Internet no fue destruido por un evento específico, sino por nuestra propia decisión de elegir conveniencia sobre autenticidad, escala sobre calidad, apariencia sobre ser.
Echo de menos la internet donde conectarse significaba algo. Donde una amistad virtual era una amistad verdadera, porque el contacto era consciente y deliberado. El cual escribir algo en línea requería que realmente pensara en ello. Donde no existía la ilusión de que podía ser todo para todos, de que podía proyectar una versión mejorada de sí mismo sin consecuencias.
Hoy, estamos todos conectados y nadie se siente solo. Podemos conocer a cualquier persona en el mundo y probablemente nos resultará superficial. Hoy, tenemos acceso a todo el conocimiento de la humanidad y somos más ignorantes que nunca. Hoy, podemos comunicarnos instantáneamente con millones y la comunicación genuina se ha vuelto casi imposible.
La pregunta incómoda es si es reversible. Si podemos reclamar algo de lo que perdimos. Probablemente no. Los sistemas que hemos construido no recompensarán la autenticidad. Los algoritmos continuarán amplificando lo peor. La IA seguirá haciendo más fácil la superficialidad. Así que lo único que nos queda es la nostalgia. La memoria de una internet diferente. Y tal vez, en los márgenes, pequeños espacios donde aún es posible conectar de manera genuina, donde aún alguien se toma el tiempo de escribir algo verdadero, donde aún existe la posibilidad de ser humano sin filtros.
Pero en el centro, donde vive la mayoría, todo está gris. Perfectamente funcional, estéticamente aceptable, y profundamente, irremediablemente muerto.
Originality AI. (2025). LinkedIn Content Analysis: The Rise of AI-Generated Professional Content. Análisis sobre generación de contenido mediante IA en LinkedIn durante 2024-2025.
Mosseri, A. (2026, January 1). Instagram CEO insights on authenticity and artificial intelligence. Statement sobre la transformación de la autenticidad en redes sociales.
Laboratorio de Periodismo. (2025). Desinformation and Artificial Intelligence: From Clickbait to AI-Generated Content. Análisis de contenido generado por IA en ecosistemas informativos.
Gutiérrez, A. (2025). LinkedIn: ¿portal de empleo o postureo profesional? antoniogutierrez.es. Análisis crítico de la evolución de LinkedIn como plataforma.
Capterra. (2025). Global Marketing Survey on AI-Generated Content. Encuesta a 1.600 profesionales de marketing sobre percepción de contenido generado por IA.
¿Te resuena esta reflexión? Este artículo es una crítica profunda a cómo hemos permitido que la tecnología transforme nuestros espacios digitales en teatros de la superficialidad. No pretendo ser pesimista, sino honesto.
Si tienes perspectivas diferentes o experiencias que contrasten con lo que he escrito, me gustaría conocerlas en los comentarios. ¿Crees que aún es posible encontrar autenticidad genuina en internet? ¿O consideras que esta transformación era inevitable?
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